Por Joan Segovia
Godland es una película lenta en todos sus aspectos. El director nos coloca frente a un paisaje islandés que parece eterno, y a partir de ahí nos pide mucha paciencia, incluso demasiada, para acompañar a un joven sacerdote danés en su viaje hacia un rincón remoto. Esa lentitud no es casual: forma parte de la propuesta. El problema es que no siempre hay suficiente sustancia dramática para sostenerla.
La historia es sencilla y llana. Lucas, el sacerdote, recibe la misión de construir una iglesia y fotografiar a los habitantes de un área aislada. Acepta la tarea como si fuera un mandato divino, pero lo que parece un reto logístico se convierte en un enfrentamiento cultural y personal. El viaje, acompañado por un guía islandés, se va llenando de pequeñas tensiones, silencios incómodos y momentos de incomprensión. No se trata de una aventura épica, sino de un choque lento entre dos formas de entender el mundo.

La película se apoya en su fotografía de manera tan evidente que es imposible no hablar de ella. La elección del formato casi cuadrado, con esquinas redondeadas, imita las placas fotográficas antiguas que el propio protagonista usa. Esto refuerza la sensación de estar viendo un documento de otra época, pero también limita la amplitud del paisaje. Es un acierto visual que, sin embargo, se convierte en un arma de doble filo: hay planos hermosos, sí, pero también cierta rigidez que acentúa la frialdad de la narración. La naturaleza aparece como un personaje más, y probablemente es el personaje más vivo de toda la película.
Lucas es un hombre rígido, educado en una idea de superioridad moral y cultural que no necesita explicitar. Está convencido de que su misión es correcta y que su manera de hacer las cosas es la adecuada. El guía islandés, Ragnar, representa lo opuesto: desconfía del extranjero, habla lo justo, y su vínculo con la tierra es práctico, no espiritual. La relación entre ambos se mueve entre la hostilidad contenida y una colaboración forzada por las circunstancias. El guion no los lleva a un enfrentamiento abierto hasta muy avanzado el metraje, lo que para algunos puede resultar exasperante. La tensión está ahí, pero a menudo parece atrapada en el hielo islandés.
Aun así la interpretación de los actores es sólida, aunque el estilo de la película no les permita brillar con intensidad. Elliott Crosset Hove, como Lucas, mantiene una expresión casi constante, un semblante serio que encaja con el personaje, pero que también limita su capacidad para actuar. Ingvar Eggert Sigurðsson, como Ragnar, aporta más matices: su sarcasmo, sus pausas, sus miradas cargadas, dan más pistas sobre lo que siente que cualquier diálogo. Es evidente que el guion prefiere insinuar antes que mostrar, lo que deja a algunos momentos dramáticos con menos impacto del que podrían tener.
Uno de los aspectos más discutibles de Godland es su ritmo. La primera mitad del film está dominada por el viaje hacia el lugar donde se construirá la iglesia. Son días de caballos, barro, frío y pequeñas interacciones tan mínimas y cotidianas que al poco tiempo no aportan nada a la trama ni al desarrollo de los personajes, que, por otra parte, es inexistente. Hay algo hipnótico en esa insistencia, pero también hay una sensación de repetición. Cuando por fin llegan al destino y comienza la convivencia con la comunidad, el relato cambia de tono, pero no de velocidad. Las escenas se siguen estirando, y el avance de la historia se mide en centímetros, no en metros.
El trasfondo temático de la película está ahí, aunque no se desarrolla con profundidad. La tensión entre colonizador y colonizado, entre la fe institucional y las creencias ligadas a la tierra, aparece constantemente, pero más como un subtexto que como un conflicto directo. La fotografía que Lucas pretende hacer de los habitantes también es un símbolo de su intento de capturar y fijar a las personas en un marco estático, igual que su misión busca imponer una forma de vida y fe. El problema es que estos símbolos rara vez se traducen en decisiones narrativas que amenacen con cambios en la trama.
La música, usada con moderación, contribuye a esa atmósfera de extrañeza. No busca acompañar emocionalmente cada momento, que a ratos lo hace, sino acentuar ciertos instantes con disonancias o silencios prolongados. Funciona bien para crear inquietud, pero, como muchos elementos de la película, se queda en el terreno de la sugerencia.
Hacia el final, la tensión entre Lucas y Ragnar estalla en un desenlace que, sin entrar en detalles, aporta la descarga emocional que el resto del metraje parecía estar guardando. Es un momento intenso, bien resuelto, pero también deja la sensación de que el camino hasta allí ha sido demasiado largo para lo que finalmente ocurre. No es que la película necesite giros espectaculares, pero sí habría agradecido un mayor desarrollo de los conflictos en su tramo central y menos miradas incómodas y conversaciones vagas que no llegan a puerto.

En lo técnico, poco se puede reprochar nada. La fotografía de Maria von Hausswolff es impecable en su composición y en su capacidad para transmitir la dureza del entorno, además de preciosa (aunque el mérito de esto lo tenga la naturaleza islandesa). El diseño sonoro es preciso, haciendo que el viento, el crujido de la madera y los pasos en la nieve tengan vida y acaben aportando lo que la música no se ve capaz. La dirección mantiene un control absoluto del tono y del tempo, aunque esto sea precisamente lo que la vuelve tan exigente para el espectador.
Godland es una obra cuidada y coherente con lo que quiere ser, pero también fría y distante. Tiene momentos de gran belleza y un trasfondo interesante, pero su ritmo y su estilo minimalista pueden dejar fuera a quienes busquen una conexión emocional más directa con los personajes. Es cine de autor en su sentido más estricto: una experiencia que premia la paciencia y la atención al detalle, pero den por seguro que pone a prueba la resistencia del público.
Título: Godland.
Título original: Vanskabte Land.
Dirección: Hlynur Palmason.
Intérpretes: Elliott Crosset Hove, Ingvar Sigurðsson, Vic Carmen Sonne, Jacob Hauberg Lohmann, Ída Mekkín Hlynsdóttir, Waage Sandø y Hilmar Guðjónsson.
Género: Drama de época.
Calificación: AM 13 años.
Duración: 143 minutos.
Origen: Islandia/ Dinamarca/ Francia/ Suecia.
Año de realización: 2022.
Distribuidora: Zeta Films.
Fecha de estreno: 14/08/2025.
Puntaje: 8 (ocho)
