Por Migue Calabria
El precio de la precocidad se paga caro y Strange Days lo sabe. Es una película totalmente adelantada a su tiempo.
Estrenada en 1995, dirigida por Kathryn Bigelow (Point Break, 1991) y coescrita y producida por James Cameron (Titanic, 1997), la cinta es una mezcla audaz de thriller policial, ciencia ficción y comentario social, envuelta en una estética sucia y sensorial que no se olvida fácilmente. No es simplemente una “historia del futuro cercano”; es una radiografía febril de los 90 vista desde la paranoia de fin de milenio. Sí, dura un poco más de la cuenta, pero cuando la maquinaria narrativa empieza a apretar, es un viaje sin retorno.
La premisa ya es de por sí un imán: en una Los Ángeles de 1999 al borde del colapso social, circula ilegalmente una tecnología llamada SQUID, capaz de grabar experiencias humanas directamente desde el cerebro para luego revivirlas. No es realidad virtual: es realidad robada. Ahí aparece Lenny Nero, personaje interpretado por el excelente Ralph Fiennes (Cónclave, 2024), un ex policía devenido en dealer de estas “grabaciones” prohibidas, un tipo tan encantador como patético. La cosa se complica cuando un clip grabado en primera persona muestra un asesinato brutal.

El primer gran mérito de la película es que la tecnología no se presenta como excusa para el espectáculo visual, sino como catalizador de la trama y detonante moral. Los giros argumentales que surgen de esa premisa son una lección de escritura: la identidad del asesino, las conexiones políticas y raciales detrás del crimen, y la manipulación de la memoria como moneda de cambio. Bigelow, con la audacia de una directora que sabe moverse en géneros tradicionalmente masculinos, estira la tensión hasta casi quebrarla, y cuando el espectador cree tener todo claro, una revelación cambia la dirección.
Cameron, por su parte, deja su marca en la ingeniería de la historia. Es fácil reconocer su obsesión por las reglas internas del mundo que crea: el SQUID tiene limitaciones y riesgos, y eso obliga a los personajes a tomar decisiones extremas pero lo más cameroniano de la cinta está en cómo la narrativa combina acción y romance sin que el uno canibalice al otro. El vínculo entre Lenny y Mace, una sencillamente imponente Angela Bassett (What ‘s Love Got to Do with It, 1993), es un ancla emocional que da peso a la intriga. Bassett no solo es la conciencia moral de la película, sino que carga con la dimensión física de la acción, aportando una de las interpretaciones más sólidas de su carrera.
Uno de los giros más efectivos de la cinta (intentando no entrar en el territorio de los spoilers más explícitos), es cómo la historia pasa de un caso de asesinato filmado a una conspiración mucho más amplia, rozando la brutalidad policial, el racismo sistémico y un nivel de corrupción institucional elevado. Lo interesante es que, aunque se estrenó antes de que el nuevo milenio llegue, parece predecir debates que se volverían centrales en el siglo XXI. Esa lectura social, que en manos menos arriesgadas hubiera quedado en un subtexto tímido, acá está a la vista y sin atenuaciones.
Técnicamente, la película tiene momentos de absoluto virtuosismo. Bigelow se la juega con secuencias filmadas en POV (point of view) que imitan el “viaje” de las grabaciones SQUID, logrando planos secuencia coreografiados y armónicos con precisión. En una época donde la cámara digital todavía era una promesa lejana, lograr esos planos implicó inventiva técnica: lentes especiales, Steadicam modificadas, y un trabajo de coordinación que hoy se estudiaría en escuelas de cine. El resultado es inmersivo al punto de incomodar.
Ahora, sobre la duración: la película roza las dos horas y media, y se nota. Hay un tramo intermedio donde el misterio parece estacionarse, quizás por exceso de subtramas y diálogos explicativos. Ahí se siente la mano de Cameron, que a veces estira la cuerda para desarrollar mundos y personajes, pero que corre el riesgo de diluir la urgencia. Sin embargo, cuando el conflicto principal se enciende, a veces de golpe, el ritmo se dispara y no hay vuelta atrás.

En retrospectiva, Strange Days fue un fracaso de taquilla pero un triunfo conceptual. El público de mediados de los 90 quizás no estaba listo para una distopía tan cruda, ni para una mezcla de géneros tan agresiva. Hoy, en cambio, la película respira como un clásico de culto, una pieza que no solo anticipa ciertas formas de vigilancia y control digital, sino que también preserva la esencia de un cine adulto que no teme incomodar.
Ahí encontramos una linda paradoja: vista con ojos actuales, el film es tan actual que asusta. En un mundo donde la captura y distribución de experiencias íntimas se ha vuelto cotidiana gracias a los smartphones y redes sociales, la idea de “vivir” a través de otra persona ya no es ciencia ficción, es casi un hábito.
Bigelow y Cameron lograron que la tensión entre la experiencia personal y la voyeurista fuera el núcleo del relato, con un guion que no nos subestima como espectadores. Sí, hay momentos donde la exposición es densa, pero el impacto emocional y moral de los giros finales justifica el viaje. Cuando todo se resuelve, la sensación es de haber visto algo más que un thriller: es un espejo deformante que, con la excusa de un cambio de milenio, nos mostró el futuro en el que ya vivimos.
Título: Días extraños.
Título original: Strange Days.
Dirección: Kathryn Bigelow.
Intérpretes: Ralph Fiennes, Angela Bassett, Juliette Lewis, Tom Sizemore, Michael Wincott, Vincent D’Onofrio, Richard Edson, Glenn Plummer, Josef Sommer, Todd Graff, William Fichtner, Chris Douridas y Brigitte Bako. Género: Thriller futurista, Cyberpunk, Distopía, Acción, Film noir. Calificación: AM 18 años. Duración: 145 minutos.
Origen: EE.UU. Año de realización: 1995. Distribuidora: FOX. Estreno en EE.UU.: 13/10/1995. Estreno en Argentina: 30/05/1996.
