Por Joan Segovia, corresponsal en España
Sitges 2025 – Día 8: Empiezo el reto de no dormirme en la sala
La jornada empezó con la misma rutina solar. La gente seguía bajando a la arena a tomar el sol y pegarse un chapuzón. Esto de que el verano termine a medianos de octubre es algo que no termina de convencerme. Sobre todo si por culpa de eso luego en las salas apesta a sudor que tira para atrás. Yo, por mi parte, madrugué de nuevo para una triple sesión que pintaba densa.

Arranqué con Dracula, el nuevo experimento del rumano Radu Jude, un autor que ya había demostrado su gusto por lo incómodo en No esperes demasiado del fin del mundo. Aquí va aún más lejos. Lo que propone es, básicamente, un mosaico de unos quince cortos presentados por el supuesto protagonista, cada uno con su propia versión de la figura del vampiro, desde Nosferatu hasta Drácula de Bram Stoker, pasando por delirios contemporáneos donde el conde se convierte en un tiktoker de los que pueblan internet. Lo acompaña una IA como co-presentadora, introduciendo cada pieza con una verborrea de datos y frases absurdas. En teoría, una sátira sobre cómo la cultura rumana (y el mundo entero) ha explotado hasta el cansancio al mito de Drácula. En la práctica, una experiencia agotadora. Las casi tres horas de montaje se sienten eternas, y la constante inclusión de imágenes generadas con una IA anticuada —deformadas, caóticas, imposibles de mirar por más de un minuto— terminan por hacerla un suplicio visual. A veces el exceso es el estilo; aquí es simplemente exceso.

La segunda del día fue Redux Redux, de los hermanos estadounidenses Kevin y Matthew McManus, que en teoría debía ser un viaje entre universos cargado de acción y venganza. En teoría. La premisa —una madre que salta entre realidades para asesinar a las versiones del homicida de su hija— suena a cine de medianoche de los buenos: violento, catártico, sucio. Pero todo eso se acaba a los diez minutos. En lugar de desatar una orgía de venganza multiversal, los McManus deciden frenar el ritmo y meterse en el terreno de la ética y la culpa. A partir del segundo acto, lo que era promesa de sangre se convierte en un drama moralizante sobre el dolor, la pérdida y el perdón, acompañado por una adolescente insufrible que simboliza la propia sed de venganza de la protagonista. Lo que podía haber sido una joya grotesca de acción pulp acaba siendo un sermón pretencioso que parece más preocupado por redimir que por mostrar algo potente.

A mediodía, sin comer y con el estómago ya quejándose, me enfrenté a Tristes Tropiques, del surcoreano Park Hoon-jung (The Childe, Night in Paradise). Y si las dos primeras habían sido fallidas, esta fue directamente un desastre. La trama arranca con un comandante militar que, tras su última misión, decide “retirarse” matando a todos sus hombres y sustituyéndolos por un grupo de huérfanos a los que entrena como nuevos soldados. ¿Por qué matar a todos tus fieles soldados para hacer un ejército nuevo? ¿Para qué quieres tropas nuevas si querías retirarte de este mundo de sangre y muerte? Y así toda la película, acumulando decisiones absurdas y motivaciones inexistentes. Ni las escenas de acción —que en teoría son la especialidad del director— logran salvarla. Las coreografías, aunque llenas de energía, no logran rellenar una trama con tantos agujeros de guion. Una cinta de mafias asiáticas, traiciones y tiros que no sabe por qué existen sus propios personajes y ni las motivaciones que estos tienen.

Por suerte, el cierre de la jornada fue otro cantar. Ya pasada la medianoche, con el cansancio colgando de los hombros, llegó Hellcat, del estadounidense Brock Bodell, y por fin una sorpresa en condiciones. La historia parte de algo simple pero efectivo: una joven secuestrada despierta en el remolque de una caravana, prisionera de un hombre que le habla por megafonía asegurándole que está infectada con un virus letal. A medida que avanza, el relato se va retorciendo entre realidad y delirio: ¿es cierto lo del virus o una manipulación para mantenerla controlada? ¿hay alguien más allí dentro capturado? ¿quién miente y quién ha perdido la cabeza? La tensión se mantiene con pulso firme hasta el final, el ritmo nunca decae y el juego psicológico entre víctima y captor mantiene la pantalla viva hasta el último minuto. Tampoco es la película del siglo, pero lo que hace, lo hace bien: inquieta, confunde y engancha. Una buena forma de cerrar un día que había empezado cuesta arriba.
Y así, entre bostezos, la imagen del Drácula tiktoker me acompaña a la cama. Me voy con la sensación de haber visto lo peor del festival, pero sé que ese mérito se lo lleva Balearic, que por suerte no veré.
