Por Joan Segovia, corresponsal en España
Sitges 2025 – Día 5: Por fin tocó la tan aclamada Good Boy
El quinto día amaneció con esa mezcla de agotamiento y rutina que solo se siente cuando el festival ya ha devorado medio calendario. Sitges parecía girar en bucle, con las mismas caras y las mismas colas, pero con una sonrisa más torcida. El sol seguía quemando con entusiasmo y la playa seguía llena de gente aprovechando este segundo verano.

La mañana empezó con The Plague, de Charlie Polinger, una de esas historias que juegan a disfrazar el drama adolescente de thriller psicológico. Ambientada en un campamento de waterpolo, sigue a Ben, un chico inseguro que presencia cómo el grupo margina a un compañero enfermo de la piel. El tono es incómodo, tenso, como si algo terrible fuera a estallar en cualquier momento, pero nunca termina de hacerlo. Polinger tiene buen pulso para retratar el miedo y la culpa en la adolescencia, y los chicos están muy bien dirigidos, pero el guion avanza con la indecisión de quien no sabe si quiere contar una tragedia íntima o un descenso a la locura colectiva. Todo está sugerido, pero nada se resuelve. Aun con esas, tiene su mérito y es una obra interesante de ver.

Al mediodía llegó la producción belga Reflection in a Dead Diamond, la nueva extravagancia visual de Hélène Cattet y Bruno Forzani. Y como era de esperar, es un festín para los ojos. La fotografía es hipnótica, la música y la composición te arrastran en cada plano. La película se mueve entre tiempos y recuerdos con una elegancia enfermiza: los cambios de época se sienten, se ven, se huelen gracias a las texturas y el grano de la imagen. Pero, como suele pasar con el dúo, tanta belleza termina distanciando. La historia, un rompecabezas de espionaje y deseo, se dispersa entre tanto virtuosismo. Al final todo encaja, sí, pero el espectador llega tan exhausto de tanto juego que la emoción se diluye. Una obra fascinante y frustrante a partes iguales: preciosa de ver, pero difícil de querer.

Por la tarde tocó It Ends, ópera prima de Alex Ullom, que presentó él mismo en la sala con una anécdota que se ganó al público: la película la financió con ganancias de partidas de póker online. El dato es casi tan improbable como el propio resultado, porque lo que Ullom consigue con recursos mínimos tiene bastante mérito. La historia es una reflexión sobre las amistades, sobre cómo las personas se separan con los años y las decisiones que las alejan. Es pretenciosa, sin duda, y no va mucho más allá de esa idea, pero tiene una sensibilidad sincera. Ullom no busca épica ni sustos, solo melancolía, y logra que la sensación de pérdida se respire. Es una de esas películas que parecen pequeñas pero están hechas con corazón, y eso, en un festival lleno de artificio, se agradece.

La noche cerró con Good Boy, de Ben Leonberg, que sobre el papel sonaba a gloria para Sitges: una historia de terror contada desde los ojos de un perro. La idea, atrevida y curiosa, funciona los primeros veinte minutos, cuando el punto de vista animal le da a la película un aire de misterio silencioso. Pero la apuesta se agota pronto. La narración, casi muda, depende por completo del sonido, de lo que el perro percibe, y las cuatro frases que suelta su amo, lo que limita la tensión. Al final, cuando los inevitables clichés del poltergeist se repiten sin cesar, el interés cae en picado. Es una pena, porque la premisa merecía más desarrollo, pero el experimento se queda en eso: una curiosidad que se apaga antes de volverse realmente inquietante.
Fue un día extraño, de películas que parecían prometer más de lo que daban, pero que aun así dejaron algo. Todas, de un modo u otro, giraban en torno a la pérdida: que viven atrapados en sus recuerdos, amigos que se despiden a lo largo de trayecto de nuestras vidas y perros que ven ese mal que nadie más percibe y que atenta contra sus seres queridos. Sitges, en su ecuador, se pone más reflexivo de lo esperado.
