Por Migue Calabria
Qué curioso que en tiempos donde el terror parece pedir perdón por existir, donde se lo disfraza de “elevado” o se lo sublima con metáforas existencialistas para no ofender al espectador moderno, Destino final: Lazos de sangre se anime a patear la puerta y gritar con los dedos ensangrentados que no viene a hablar de traumas, ni a explorar las grietas del alma humana. Esta película no quiere comprensión: quiere tripas y en ese sentido, cumple con creces. Es más, me atrevo a decir que no solo está a la altura de la franquicia que ya lleva más de dos décadas desafiando la física y el sentido común, sino que directamente se convierte en su punto más alto. Sí, lo digo sin titubear: es la mejor de todas. No porque reinvente nada, sino porque por fin entendió que no hay nada que reinventar.
Destino final siempre fue una oda a la muerte caprichosa, a lo absurdo llevado al extremo, al arte de morir de maneras imposibles y su última entrega lo abraza con un desenfreno gozoso, sin disimular, sin subtextos, sin moralejas. Una película que se ríe del drama, se ríe del guion, y se toma en serio solo lo que importa: que las muertes sean un espectáculo.

La escena de apertura es directamente gloriosa. De esas secuencias que se quedan clavadas en la retina como un tatuaje en carne viva. Macabra, sangrienta, exagerada hasta lo grotesco, pero con una precisión técnica que asombra. Su montaje es ejemplar, su manejo del ritmo, sus cortes justo antes del impacto, el uso de sonido para anticipar lo inevitable, todo está en su lugar. Y como para sacarnos una sonrisa, cuando explota, explota con alegría. Un plano tras otro de vísceras, sangre, tripas y una violencia tan estilizada que por momentos parece coreografía. Es cine puro, en su forma más salvaje.
Lo que sigue después de ese arranque demoledor es, afortunadamente, más de lo mismo. Porque no había necesidad de complicarla. El guión es simple, sí, pero no torpe. Sabe bien qué es lo que tiene entre manos y no pretende darnos lecciones ni mucho menos. Acá no hay trauma generacional ni flashbacks emocionales. Acá hay gente muriendo en situaciones inverosímiles, como corresponde. Lo que sí sorprende —y se agradece— es que la película tiene un timing cómico muy afinado. Hay chistes, sí, pero lejos del cinismo Marvel que todo lo ironiza. Acá el humor funciona como descarga, como alivio entre una muerte y otra, y no como un modo de ridiculizar la propuesta. Hay respeto por la fórmula y eso, en estos tiempos de autoconsciencia forzada, se celebra.
La dirección es ajustada, eficaz, audaz incluso por momentos. Lo que más destaco es el uso de la cámara en las escenas de tensión: travellings laterales que acompañan objetos que uno sabe que van a tener que ver con la muerte de alguien, pero no cuándo ni cómo. Ese viejo truco de Chekhov aplicado al gore: si me mostrás un ventilador desarmado en el primer acto, más vale que en el tercero le vuele la cabeza a alguien. La cinta no deja un clavo sin clavar, ni una sierra sin cortar. La dirección de arte también es notable, todo está diseñado para que el destino tenga vía libre. Es un mundo sin lógica, sin consuelo, donde la muerte actúa como artista plástico, armando sus instalaciones a partir de cuerpos humanos.
El elenco, como siempre, cumple. Ninguna actuación va a cambiarle la vida a nadie, pero tampoco se necesita. Lo que sí emociona es el pequeño pero sentido homenaje a Tony Todd, el eterno William Bludworth, esa figura siniestra que se convirtió en el tótem de la franquicia. Su despedida es breve, pero simbólica, cierra un ciclo y lo hace con elegancia, sin golpes bajos. Hay algo de justicia poética ahí, como si la saga supiera que también ella está muriendo, y que quiere hacerlo con dignidad. Recordemos que esta película funciona también como cierre y lo hace muy bien. Una explosión final de muerte y delirio que sintetiza todo lo que hizo grande (o, mejor dicho, entretenida) a la saga.

Ahora bien, si hay que buscarle la vuelta crítica —porque no todo pueden ser aplausos—, tal vez podríamos señalar que el film no arriesga demasiado fuera del molde que ya conocemos: no hay innovación real, ni intento de elevar la fórmula a otra cosa. La pregunta entonces termina siendo ¿Verdaderamente es necesario que cambie? A esta altura, exigirle eso sería como pedirle a un asado que se parezca a la nouvelle cuisine. No va por ahí, no le corresponde, Destino final nunca prometió evolución, sino repetición con estilo. En esta última entrega, lo hace mejor que nunca.
En un género como el slasher y el terror fantástico, donde cada tanto aparece algún iluminado a querer dignificar lo que nació para ser puro goce visual, la franquicia es una bocanada de aire fresco. Irónicamente, claro, porque acá nadie respira mucho tiempo.
Es una película consciente de su lugar en el mundo, que no se avergüenza de sus placeres culposos, una obra menor, sí, pero honesta, brutal, casi artesanal en su devoción por matar creativamente. Eso, en un panorama saturado de clichés disfrazados de profundidad, vale oro. Así que sí, que viva el absurdo. Que vivan las muertes sin lógica, los cuerpos despedazados y las casualidades imposibles. Si este es el último viaje, qué manera gloriosa de bajarse del tren.
Título: Destino final: Lazos de sangre. Título original: Final Destination: Bloodlines.
Dirección: Zach Lipovsky & Adam B. Stein.
Intérpretes: Kaitlyn Santa Juana, Teo Briones, Owen Patrick Joyner, Rya Kihlstedt, Anna Lore, Richard Harmon, Brec Bassinger, Max Lloyd-Jones, Andrew Tinpo Lee y Tony Todd. Género: Terror sobrenatural.
Calificación: AM 16 años.
Duración: 110 minutos.
Origen: EE.UU./Canadá.
Año de realización: 2025.
Distribuidora: Warner Bros.
Fecha de estreno: 15/05/2025.
Puntaje: 9 (nueve)
