Por Migue Calabria
Pasan los años, se estrenan miles de películas, se “reinventan” géneros, se olvidan modas pero Destino final, con toda su pinta de película secundaria de videoclub, resiste, sigue ahí firme como un faro entre la neblina del terror adolescente de fines de los 90, transformada en clásico de culto para algunos, en gusto culposo para otros y en punto de partida para toda una saga que, con sus altibajos, se las ingenió para decir algo nuevo (o al menos creativo) dentro de un subgénero que parecía haberlo dicho todo.
Lo notable es que esta primera entrega, dirigida por James Wong y producida por New Line Cinema, cumple 25 años y, más allá del dato nostálgico, sobrevive con una vigencia que incomoda. Porque no solo plantea una historia que esquiva algunos clichés, sino que lo hace con un nivel de concepto visual y narrativa estructural que no siempre se le reconoce y todo esto mientras se prepara una nueva entrega de la franquicia, como si la Parca se hubiera tomado una birra y dijera: “Todavía no terminé con ustedes, pibes”.
Lo primero que se suele olvidar de la cinta es que no nació como película, sino como guion rechazado para un capítulo de The X-Files, lo que ya le imprime un ADN más cerebral del que uno podría imaginar. James Wong y Glen Morgan –habituales colaboradores de la serie de Chris Carter– agarran ese material y lo convierten en un thriller de suspenso sobrenatural que empieza con un accidente de avión, y, a partir de eso, construyen todo un ballet de la muerte que no solo es efectivo en su tensión, sino también en su simbolismo. Lo que a simple vista parecía ser otra película de adolescentes muriendo uno por uno termina siendo una reflexión bastante ingeniosa sobre el destino, la causalidad y esa sensación angustiante de que hay algo, una fuerza, una entidad, que se rige por reglas que no entendemos, pero que igual nos atraviesan.

La trama es simple y eso es parte de su eficacia: Alex Browning, interpretado por Devon Sawa, tiene una premonición segundos antes de que el vuelo 180 explote en el aire. Gracias a su visión, logra bajarse del avión junto con un puñado de otros pasajeros. Hasta ahí, bien. Pero el destino –con mayúscula o sin ella– no acepta ser desafiado tan fácil, y uno a uno, esos sobrevivientes empiezan a morir en accidentes aparentemente azarosos pero orquestados con una precisión de otro mundo. Acá es donde la película se despega del montón: cada muerte es una set piece: una escena o secuencia de escenas cuya ejecución requiere una planificación logística compleja y un gasto considerable de dinero, un pequeño corto dentro de la película, donde el guion, la dirección y el montaje se alían para construir tensión desde lo más cotidiano, ya sea un baño, una cocina, un colectivo, todo puede matar y todo tiene una intención.
Hay una idea fuerte y clarísima que sostiene la película: la muerte no es un monstruo con forma definida ni un asesino que se esconde detrás de una máscara, es una fuerza incontrolable que opera como si fuera una mente maquiavélica, y eso le da a la película un tono constante de paranoia, como si la cámara misma fuera una herramienta del Destino. Esta idea se traduce visualmente en el uso de paneos lentos, movimientos circulares, primeros planos de objetos insignificantes que después se vuelven mortales. El montaje es clave: cada escena se construye como un mecanismo complejo y preciso que retuerce el suspenso con herramientas hitchcockianas pero en clave pop. Lo técnico no está improvisado: está coreografiado.
La fotografía, a cargo de Robert McLachlan, tiene un tono frío, casi sepulcral, que acompaña muy bien la sensación de amenaza constante. Hay una búsqueda clara de construir un mundo siniestrado sin necesidad de oscuridad explícita: la amenaza no aparece en lo sombrío, sino en lo que está a plena luz del día. Esa elección no solo es estética, sino conceptual. La muerte no acecha en rincones oscuros; está en todos lados, como una presencia inevitable.
Devon Sawa, como Alex, hace lo que puede con un personaje que, más que profundidad emocional, requiere credibilidad. Lo logra hasta cierto punto pero quien se roba cada escena en la que aparece es Tony Todd, ese mortuorio forense que parece saber mucho más de lo que dice. Su breve intervención le da a la película una especie de sustento metafísico, como si fuera un oráculo moderno que conoce las reglas del juego. Un detalle no menor: Todd interpreta a un personaje llamado William Bludworth, y si eso no es una advertencia para los personajes, no sé qué lo será.
Ahora bien, vista con el diario del lunes y con el kilometraje de toda la saga a cuestas, la película resiste bastante bien. De hecho, se la puede considerar la más sobria de todas, incluso la más “creíble”, dentro de su lógica interna. Las entregas siguientes fueron creciendo en escala, en creatividad, en gore y en humor negro, pero también se alejaron un poco del tono casi dramático de esta primera entrega. Acá no hay chistes fáciles ni muertes para el aplauso del espectador morboso: hay angustia, incomodidad, un clima ominoso que se mantiene hasta el final.

Claro que no todo es perfecto. Hay diálogos algo acartonados, actuaciones que hoy se sienten televisivas, e incluso cierta solemnidad innecesaria en algunas escenas que ahora parecen tomadas demasiado en serio pero eso también tiene un valor: Destino final no es una parodia del terror adolescente: se toma en serio su premisa, por más delirante que sea, y la ejecuta con convicción. Eso, en un género plagado de fórmulas recicladas, ya es un mérito.
A 25 años de su estreno, lo que sorprende es su influencia. No solo generó una franquicia con cinco secuelas (y una sexta por venir), sino que también instauró una estética de la muerte que aún hoy resuena. En muchos sentidos, el film fue el último gran invento del terror mainstream antes de que el género se replegara en el found footage y el torture porn. Fue un punto bisagra, una mezcla rara entre slasher, thriller y cine fantástico que supo encontrar su propia voz.
¿Era una obra maestra? No. ¿Fue original? Sí, mucho más de lo que se le reconoce. ¿Sigue funcionando? Más de lo que uno quisiera admitir. Tal vez porque, en el fondo, todos compartimos esa fantasía morbosa de poder esquivar la muerte, aunque sea por unos minutos, pero también porque todos intuimos que, tarde o temprano, la Parca vuelve y cuando lo hace, no necesita apurarse: tiene todo el tiempo del mundo.
Título: Destino final. Título original: Final Destination.
Dirección: James Wong.
Intérpretes: Devon Sawa, Ali Larter, Kerr Smith, Kristen Cloke, Seann William Scott, Daniel Roebuck, Chad Donella, Amanda Detmer & Tony Todd. Género: Terror, Splatter, Thriller. Calificación: AM 13 años.
Duración: 98 minutos. Origen: EE.UU./ Canadá. Año de realización: 2000. Distribuidora: Distribution Company. Fecha de estreno en EE.UU.: 17/03/2000.
Fecha de estreno en Argentina: 29/06/2000.
Puntaje: 7 (siete)
Críticas:
Destino final 2 (2003), de David R. Ellis.
Destino final 3 (2006), de James Wong.
Destino final 4 (2009), de David R. Ellis.
Destino final 5 (2011), de Steven Quale.
